Un campeón nunca desea
mal a nadie
Me
costó mucho aprender a pintar la pared, pero poco apoco mejoró mi técnica.
Trabajaba de cuatro a cinco horas diarias. Cada mañana, me sorprendía al ver
cuánto había avanzado y me enojaba conmigo mismo al descubrir que había dejado
caer muchas gotas de pintura. Limpiaba y comenzaba de nuevo. Por las tardes, me
encerraba a hacer operaciones matemáticas.
Un
día, llegó a buscarme mi amigo Lobelo. Era mayor que yo, hosco y rebelde. En
cuanto abrí la puerta me dijo:
-Felipe.
Te invito a dar una vuelta. Encontré algo fantástico que quiero enseñarte.
A
sus catorce años, lo dejaban manejar una motocicleta de cuatro ruedas y, a
veces, me llevaba como pasajero.
-No
puedo salir-respondí-; estoy castigado.
-¿Pobre
de ti!-dijo Lobelo-.Si tus papás estuvieran muertos, serías más feliz.
Fruncí
las cejas.
-¿Es
verdad!-continuó-.¿Mírame a mí! ¿Soy libre como los pájaros! Mis padres se
divorciaron.
Yo
me quedé con mi mamá y ella se volvió a
casar, luego se peleó también con su nuevo marido. Ahora vivo con mi
padrastro…Es lo mejor. Él me deja hacer fiestas, me presta su motocicleta, no
se mete conmigo y me enseña a ganar dinero fácil.
-¡Tú
sí que tienes suerte!-dije siguiéndole el juego-.¡Cómo me gustaría que mis
papás se murieran o se divorciaran también!
De
inmediato sentí la gravedad de lo que acababa de decir. Una vez oí por televisión que jamás se debe
desear el mal, pues cada pensamiento es como un bumerán que regresa para
golpearnos a nosotros mismos. Tuve miedo de que mis palabras se convirtieran en
profecía. Quise corregir diciendo: “es una broma”, ero Lobelo se reía a
carcajadas y no me atreví a rectificar.
-¿Por
qué no te escapas un rato?-sugirió-, nadie se va a dar cuenta.
-Mejor,
déjame pedir permiso.
-Como
quieras-bajó la voz y me insultó-:mariquita.
Fingí
no escuchar. Llegué con mi mamá y le pregunté:
-¿Me
dejas salir? Sólo unos minutos. Por favor.
-No-contestó.
-¡Es
injusto!-reclamé-.He avanzado mucho pintando la casa, ¿por qué no castigas a
Riky?
¡Míralo!
Está loco todo el día jugando con su vecino y provoca un desastre, mamá date
cuenta. Además se finge enfermo. Desde hace varios meses dice que le duele el
cuerpo, sólo para que lo consientas ¡y tú caes en la trampa!
-A
Riky le sube la temperatura; nadie sabe por qué-respondió-.No lo consiento.
Sólo lo cuido. Por otro lado, ya prometió que va a guardar las cosas cuando
termine de jugar.
-Pero
es que…
-¡Deja
de discutir y no causes más problemas!
En
esos momentos de enfado volví a tener malos pensamientos: “ojalá mi hermano se
hubiera estrellado en el cemento cuando cayó del trampolín”.
Fui
a decirle a Lobelo que no podía salir. Torció la boca, dio tres acelerones a su
motocicleta y arrancó sin despedirse.
Riky
trató de hacer las paces conmigo, pero yo estaba furioso. Le dije que lo odiaba
y que por su culpa me habían castigado. Sus ojitos se llenaron de lágrimas. Dio
la vuelta y se fue.
A
partir de entonces, no volvió a entrar al cuarto en el que yo hacía mis tareas
escolares. Jugaba con el vecino de afuera.
Una
tarde, cuando comenzaba a oscurecer, escuché ruidos extraños en el techo. La
casa de dos pisos era demasiado alta. Salí al patio. Encontré al vecinito
mirando hacia arriba y a Riky corriendo por la azotea.
-¿Qué
haces allí?- le grité.
-Vine…-
dudó-,¡Ah sí! ¡A buscar mi pelota!
Entre
a acusarlo. Me interesaba más hacerlo quedar mal, que ayudarlo a bajar. Mi
madre estaba bañándose.
-Mamá-grité-,
¡Riky se subió al techo! Ahora sí vas a tener que castigarlo.
-¿Cómo
dices?
-Anda
a la azotea. Subió por la escalera de aluminio con la que estoy pintando.
-¿Dejaste
la escalera recargada en el muro?- Sì. ES muy larga. Apenas la puedo mover,
pero no la dejé ahí para que Riky se
subiera.
¡Debes
regañarlo!
-Dile
que se baje- suplicó.
-No
me obedece.
-¡Ayúdalo!-insistió.
-Es
su problema. Que baje solo.
En
ese instante recordé que la escalera estaba apoyada sobre una superficie desigual y que había enormes
piedras en el suelo. Si mi hermano no tenía cuidado, podía…
Cuando
razoné esto, era demasiado tarde. Escuché un ruido estrepitoso de metal.
Corrí
al patio y vi un cuadro aterrador: Mi hermano se había caído. Estaba en el
suelo, desmayado a un lado de la escalera. Me acerqué temeroso: Le salía sangre
de la nariz y de la frente. Se había descalabrado, Lo miré de cerca, sin saber qué
hacer. Todo comenzó a darme vueltas.
Carmela
salió de la lavandería y comenzó a gritar:
-¡Jesús,
María y José! Mi niño Riky.
Volví
a observar el rostro ensangrentado de mi hermanito y el mareo regresó. Al ver
la sangre, tuve como una pesadilla: En diferentes tonos de rojo, vi a varios
soldados. Junto a ellos, encadenados había monstruos con brazos enormes, garras
afiladas y cara peluda. Gruñìan y enseñaban sus colmillos. Podía ver todo eso
en la sangre de Riky. Los soldados cuidaban que los monstruos no escaparan. Sentí
que me ahogaba.
Mi
madre había salido de la casa con una bata de baño, tenía el cabello lleno de jabón.
Vociferaba como histérica.
-¡Riky!
¿Qué te pasa? ¡Reacciona por favor!
Levantó
en brazos a mi hermano y lo metió a la casa.
-¡Felipe!-
gritó-. Llama a tu padre-¡Pronto!
Fui
al teléfono y marqué el número de la oficina.
-Papá-
le dije en cuanto me contestó-, mi hermano se cayó de la azotea. Se abrió la
cabeza. Está desmayado.
-¿Qué?
¿Cómo? ¡Pásame a tu madre!
Mamá
tomo el aparato. Mientras hablaban miré a Riky, inconsciente, acostado sobre el
sillón.
Al observar
la sangre que le salía sin parar de la cabeza, volví a sentir mareo y deseos de
vomitar.
¿Qué
me pasaba? ¿Por qué me impresionaba tanto esa herida? Estaba a punto de caer de
nuevo por el agujero de colores, cuando mamá me tomó del brazo:
-No
mires- me dijo-, te hace mal. Tú papá va a llamar a la ambulancia. Mejor ve
hacia la puerta para que recibas a los doctores y los hagas pasar.
Obedecí.
Me remordía la conciencia por haber acusado a Riky en vez de ayudarlo a bajar,
pero me sentía todavía más culpable por haber deseado su muerte al caer del
trampolín. También había pensado en voz alta: “ojalá que mis padres se mueran o
se divorcien”. ¿Por qué se me ocurrieron esas tonterías? Recordé el programa de
televisión que había visto. Sugirieron en él: “Nunca desees el mal a otros,
aunque sean tus enemigos o te desagraden. Los pensamientos negativos se regresan
y destruyen a quien los tiene”.
El
vecino, amigo de Riky, estaba parado atrás de mí.
-¿Por
qué se subió mi hermano la azotea?-Le
pregunté.- ¿de veras fue por la pelota?.-No. Él tiene un secreto.
-¿Qué
secreto?
-No
te lo puedo decir. En ese momento llegó la ambulancia. El sonido de la sirena
era impresionante. Bajaron dos paramédicos. Les mostré el camino. A los pocos
minutos volvieron a salir llevándose a mi hermano. Mamá subió a la ambulancia y
me advirtió:
-Tù
padre va a alcanzarnos en el hospital, quédate aquí.-Luego se dirigió a la
nana-. Carmela, te encargo a Felipe. Al rato les llamo por teléfono.
Vi
la ambulancia alejarse.
El
amigo de Riky comenzó a caminar por la calle.
-Alto-le
dije-. Necesito hablar contigo ¿Cuál era el secreto de mi hermano?, ¿Por qué se
subió a la azotea?
El
chiquillo corrió sin contestar mi pegunta.
-¡Espera!-
le pedí. Pero no me obedeció.
